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“Así inicié mi viaje en esta aventura, conociendo la otra cara de la Fuerza”

Fecha de Creación: 
29 de Abril de 2020
“Así inicié mi viaje en esta aventura, conociendo la otra cara de la Fuerza”

Ayudar a las personas que más lo necesitan es una de las formas de solidaridad que tenemos al alcance de nuestras manos. Una palabra de aliento a quien se siente solo o triste, una comida preparada o incluso una sonrisa puede cambiar la perspectiva de la vida de una persona.

Cuando el fin es genuino y sincero, surge un sentimiento de satisfacción y hasta de encanto, que nutre y enriquece inmediatamente el alma y el corazón y esto sin lugar a duda es lo que los militares de la Fuerza Aérea Colombiana, realizan día a día por todos los colombianos. Hoy, frente a la prueba que el país está enfrentado contra un enemigo silencioso pero que ha causado mucho daño, han surgido un sinnúmero de iniciativas, todas enfocadas en cuidar al otro y prevenir que más personas se enfermen.

Cada acción es un granito de arena, conozca la historia del Capitán Robayo quien por situaciones de fuerza mayor, que implicaban la salud de un integrante de su familia, tuvo que dejar atrás sus alas de piloto militar y al enfrentar este cambio, encontró una nueva dirección que lo encaminó hacía las comunidades más vulnerables, en donde ahora desde hace cuatro años en el área social de la Fuerza Aérea Colombiana ha logrado apoyar y dar bienestar a quienes más lo necesitan y en la crisis en la que actualmente se encuentra el país, ha dado una mano amiga a las familias en situación de vulnerabilidad por el virus COVID-19.

• ¿Quién es el Capitán Robayo?
Soy Diego Andrés Robayo Olaya, oficial de la Fuerza Aérea Colombiana, de grado Capitán, mi callsign es “Patriota”, tengo 35 años, nací el 6 de marzo de 1985, en un pequeño pueblo llamado Villa de San Diego de Ubaté, Cundinamarca. Soy el segundo hijo de don Silvio y doña Gloria, crecí en el campo, siempre bajo el principio de trabajo y entrega sin dejar de lado lo más importante, el amor.

• ¿Por qué decide ser militar e ingresar a la Fuerza Aérea Colombiana?
Por dos razones, la primera, a los 17 años, inspirado por un héroe, que voluntariamente se enlistó en el Ejército Nacional para ser parte del primer Batallón Colombia, que partía a pelear una guerra sin cuartel al otro extremo del mundo, en Corea, veterano de esta guerra, el Sargento Primero Rómulo Olaya, mi abuelo y la segunda por mi mejor amigo y hermano, a quien de cariño le decimos “Tuto”, decidí tomar la decisión de pertenecer a la Fuerza Aérea Colombiana.

• ¿Cómo inició este viaje?
Realicé todo el proceso de incorporación durante 2003 y en noviembre de ese mismo año recibí la tan esperada llamada en la que me notificaron: “señor Diego Andrés Robayo Olaya, para mí es grato informarle que, ha aprobado el proceso de selección como oficial de la Fuerza Aérea Colombiana, bienvenido a la familia aérea. Luego de esto, en enero del 2004, a las cinco de la mañana, estando en Comando Aéreo de Transporte Militar, CATAM, un vuelo con destino a Cali me llevaría a lo que sería de ahí en adelante el resto de mi vida e historia personal y profesional hasta ahora. Ingresé a la Escuela Militar de Aviación “Marco Fidel Suárez” “EMAVI” como cadete de primer año, del curso regular de oficiales No. 80, lugar en el que me reuniría de nuevo con mi hermano mayor, el Alférez Robayo “Tuto”, que continuó motivándome durante un año más, en tanto completaba su proceso de formación. Cuatro años después, en diciembre de 2007, bajo el cielo azul resplandeciente característico del Valle del Cauca, recibí el título de pregrado académico como administrador aeronáutico y el grado militar de Subteniente de la Fuerza Aérea al servicio de la República de Colombia.

• ¿Qué pasó luego de culminar su formación en EMAVI?

Durante los años siguientes me desempeñé en diferentes cargos, a nivel profesional todo iba cobrando forma, pero no solo a nivel profesional se presentaron cambios significativos, pues, por esa misma época entablé una relación afectiva con quien después me daría los dos regalos más significativos en la vida de un hombre: mis dos hijas, María Belén y Gabriela. Mientras llegaban los dos amores más grandes de mi vida, seguí caminando y construyendo mi trayectoria profesional, teniendo la oportunidad de hacer parte de la creación de la unidad más joven de la Fuerza Aérea, el Comando Aéreo de Combate No. 7.

Años más tarde por motivos personales y familiares tuve que pedir la baja del Cuerpo de Vuelo y darle un giro de 180° a mi camino profesional, en el 2017 fui designado al Departamento de Acción Integral, donde fui nombrado como Jefe de la Sección de Acción Integral General. Al principio, no tenía idea cómo interpretar, e incluso digerir, todo lo que estaba pasando. Mil preguntas llegaron a mi cabeza ¿Qué es eso?, ¿Acercamiento a la población civil?, ¿Cómo haré esto?, ¿Qué es Así se Va a las Estrellas, ¿Cómo así que tengo que controlar niños? ¿Existen las herramientas sociales?, ¿Plan Corazón amigo?

• ¿Cómo describe este cambio?
Se abría todo un panorama, un espectro de posibilidades, muy interesantes, por cierto. Para mi sorpresa y la de muchos, en la medida en que me enteraba en qué consistía mi nueva misión, me enamoré más de la labor que empezaría a desempeñar. Lo que me permitió ponerme “el overol, los guantes y las botas de trabajo”. Mi primera actividad fue, “Así se va a las estrellas”, jornada que consiste en dar un recorrido a niños, niñas y jóvenes dentro de la Base Aérea “Marco Fidel Suárez”, allí visitan el museo y el planetario, en esa ocasión estuvo dirigida a una fundación de menores de edad de escasos recursos, con edades entre los 7 y los 12 años.

Si mal no lo recuerdo, un día jueves, recibí aproximadamente 50 niños con sus tutores, siendo las 7:00 am, en la guardia de la base aérea, como protocolo doy mi primer saludo de bienvenida, en nombre de nuestro comandante, una pequeña reseña de lugar al cual habían llegado, algo que había preparado desde el día anterior, sin duda muy técnica, sin mentirles muy pocos escucharon o comprendieron de qué les hablaba, ellos solo querían entrar y conocer “ los aviones” expectantes y algo ansiosos, iniciamos el ingreso, los reuní y les conté algunas cosas de nosotros “ los caballeros del aire”, allí me di cuenta de la inmensa alegría que mostraban sus rostros al ver algo que mucho habían imaginado, sensaciones gratas para mí, respondí mil preguntas, conté historias e iniciamos un recorrido sin precedentes, digo iniciamos, porque en ese preciso instante contagiado de esa alegría, empecé a comprender cómo algo tan cotidiano para mí, marcaba profundamente el corazón de estas personitas y dejaba una pequeña huella, algo de esperanza y alegría. Cuando llegó la hora de irse, los niños estaban felices con esta experiencia, en la despedida, no hubo un solo niño que no me diera un abrazo, en ese momento sentí satisfacción total, incluso hasta nostalgia, no sabría describir las sensaciones que se despertaron solo sabía que allí estaba el famoso sentimiento del “deber cumplido”.

Así inicié mi viaje en esta aventura, conociendo la otra cara de la Fuerza, cumplimos con muchas tareas sin demora, cada vez más emocionantes, nuestro trabajo se encontraba fuera de todo lo estándar en mi caso, aprendí a conocer la comunidad, se exaltó en mí el sentido de servicio, miles de sonrisas, agradecimientos y lágrimas de felicidad me fueron motivando cada vez más. Bastaron solo 6 meses, que pasaron volando, para querer pertenecer funcionalmente a esta área, ahora sería un oficial de Acción Integral, elevé la solicitud al comando de la Fuerza, y después de un largo proceso fui autorizado, pasando del cuerpo de vuelo, especialidad “Defensa Aérea”, al cuerpo logístico, especialidad “Acción Integral”.

A lo largo de estos años haciendo parte de esta dependencia, hemos logrado beneficiar a más de cien mil personas, en diferentes actividades, una labor que ha sido titánica, abnegada y ardua para nuestro equipo de trabajo, en donde hemos sacrificado tiempo en familia, pero con esto hemos logrado llevar amor, bienestar y felicidad a nuestra comunidad, completamente convencidos de que podemos dar mucho más de nosotros para lograr cambiar la realidad de nuestro país.
Gracias a esta labor, la Gobernación del Valle del Cauca me condecoró con la medalla “Joaquín de Caicedo y Cuero” en 2017; el municipio de El Cerrito, Valle me condecoró con la medalla “Presbítero Manuel José Guzmán” en 2018; la Fuerza Aérea Colombiana me condecoró con la medalla “Marco Fidel Suárez” en 2019 y finalmente el Cuerpo de Profesionales de la Reserva del Comando General de las Fuerzas Militares me condecoró con la medalla “Servicios distinguidos al cuerpo de Profesionales oficiales de la reserva” en el año 2019.

• ¿Cómo ha aportado, desde su especialidad, en este momento de crisis?

Frente a la pandemia que a nivel mundial estamos cruzando por el COVID-19, que ha puesto a la humanidad en aislamiento total, elevando los grados de vulnerabilidad a la población, hemos organizado todos nuestros procedimientos en pro del apoyo a nuestros compatriotas, activando toda una maquinaria de aliados estratégicos en búsqueda de suministros de elementos de bioseguridad, con el fin de proteger a nuestro personal y nuestras tripulaciones para garantizar la disponibilidad total en caso de ser requerido; así mismo se logró el suministro de alimentos con el fin de ayudar a solventar la necesidad de más de 1.000 familias de nuestra área de responsabilidad, que entraron en situación económica crítica al no poder ejercer las labores para obtener su sustento diario; es así como nuestros Oficiales y Suboficiales de acción Integral se exponen a diario para llevar puerta a puerta algo de bienestar al más necesitado.

Orgullosamente, puedo decir que he elegido el mejor camino para el servicio que estoy dispuesto a prestar a mi Nación, a mi Fuerza y a mi familia, esta vocación que llevamos dentro debe crecer cada día más y así cada vez somos más quienes estamos dispuestos a velar por un fin noble y justo, una sonrisa basta para entender el valor de nuestro trabajo y nuestro compromiso.
Es así como las decisiones y los cambios que la vida nos pone, nos hacen encontrar nuestra vocación y nuestro propósito, ya no se debe pensar en singular sino en plural, pensar en el otro, preocuparse por quienes más lo necesitan, gestionar, buscar, promover todo tipo ayudas e iniciativas que beneficien a los demás son el día a día del Capitán Robayo. La solidaridad es uno de los valores que parecería haber desaparecido, pero hoy, este atisbo de negatividad que a veces inunda a la sociedad y no deja ver con claridad la realidad, desaparece, porque aún existe gente buena que reconoce que sus capacidades y sus conocimientos pueden ayudar a los demás.

Autor: 
Comunicaciones Estratégicas CACOM-7
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