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Carta a un Cadete

Mientras organizaba documentos y papeles, algunos desgastados por el tiempo, encontré una carta que mi padre, Rafael Bueno Salazar, me enviara luego de la ceremonia de juramento de bandera y entrega de armas en los ya lejanos días de mi primer año de Cadete de la Escuela Militar de Aviación. Al leerla, recordé esos emotivos instantes cuando se jura lealtad a la Patria y a quienes serán nuestra familia aérea por tantos años: superiores, compañeros y subalternos. Encontré valiosos mensajes y consejos de un padre que orgulloso ve a su hijo preparándose para servirle a su país a través de la mejor profesión del mundo: Oficial de la Fuerza Aérea Colombiana.
Los principios y valores transmitidos en esas cortas líneas fueron fortaleza y aliento para superar obstáculos y dificultades. Ahora, 25 años después, están presentes, tanto así que se evidencian en el Código de Honor Institucional, por está razón quiero compartirlos con los integrantes de mi querida Fuerza Aérea, con quienes siguen de cerca las actividades de la Institución y especialmente con los jóvenes colegas de armas, Alféreces, Cadetes y Alumnos de las Escuelas de Formación porque en su compromiso, dedicación, fortaleza y convicción, reposa el futuro y grandeza de la Fuerza Aérea y por consiguiente la tranquilidad de Colombia.

Queridísimo señor Cadete
Así te nombro. Eso es lo que eres: Un señor Cadete. Tu visita breve, fugaz, como todo lo que es bueno y lo que es grato, me acabo de convencer –por si falta hiciera- de la clase de hijo que Dios en su infinita misericordia nos dio. Un señor. Un Cadete. Un hombre formal, juicioso, cariñoso, serio, responsable de sus acciones. Arquitecto de su propio destino. 

Con orgullo he mostrado a mis amigos de la oficina las fotos de la ceremonia de entrega de armas y juramento de bandera, en ellas te ves tal cual eres. Un señor Cadete. Lo repito y lo repetiré siempre con el pecho henchido de orgullo, de orgullo bueno, legítimo. No fatuidad. Orgullo de las cosas buenas y bien hechas que uno tiene o ha logrado. Tú eres una de esas obras. En nosotros –mamá y yo- no hubo solamente una conjunción de amor que genera un ser viviente, siguió el largo proceso de cultivar con cariño, esmero y devoción las facultades intelectuales, que se asomaban, ya brillantes en la inquietante juventud. Cultivar el cuerpo, la mente y el alma. 


No hay que olvidar a Dios. Dios no es una invención, no es una entelequia abstracta producto de la desesperación. Es alguien concreto y real que nos reclama reconocimiento para saber que Él está ahí, siempre a nuestro lado. Tú lo honrarás como honras a tu padre y a tu madre, con tu vida limpia, con la silenciosa oración del sudor que perla tu frente cuando estás de cara al sol, al sol de mediodía, al que ilumina tu vida. Hónralo siempre en tu corazón. Él nos demanda hombría, pureza, rectitud de intenciones y sobre todo amor, que se traduce en amor a los demás y a nosotros mismos. Amar es compartir. Amar es respetar, también lo es dar sin esperar. 

Honrando, amando y compartiendo, tendrás la fuerza necesaria para cumplir el sagrado juramento que de corazón hiciste con voz firme y varonil. La blanca mano enguantada y el aire parecían refrendar en el firmamento lo que decía la voz. Juraste amar y defender este tricolor, no las sedas y crespones. Lo que ellos significan. La heredad de los padres, los cielos, los mares, ríos, valles y montañas. La lengua, la religión, la tradición. Juraste permanecer siempre fiel a jefes y compañeros y no abandonarlos en acción de guerra, aún a costa de lo más precioso que tienes, tu vida. Sin claudicaciones, con silencioso orgullo, y juraste usar el arma que te dio la Patria sólo en defensa de ella. De lo que tiene de grande y noble, con sus defectos, sus inconsecuencias, que al fin y al cabo no son de ella, son de sus hijos. Humanos, sujetos al error, a las pasiones, a la mediocridad pero también capaces de grandes obras, de nobles ideales y de entregar sangre y vida por ellos.

Ánimo con los estudios. Recuerda que tu formación ha de ser integral. Forma el cuerpo para que te de la estructura material necesaria en la que se desarrolle tu mente ágil y despierta, cultiva el intelecto, alimenta el alma con las cosas buenas de la vida. La lectura, los libros son excelentes amigos, siempre están ahí, listos a entregarnos lo que llevan en sus páginas. La música, no necesariamente la de grandes genios, aunque conviene que los conozcas, es bálsamo para el alma, eleva el espíritu. Sin música el hombre sería un animal triste. Y el alma, elevarla a Dios es su destino natural por eso cuando surques los aires, imitarás el vuelo del espíritu. Allá arriba, al estar solo, sentirás más grande la presencia de Dios. Que Él sea tu Copiloto.

Te quiere. Tu Papá

Por: Coronel Carlos Eduardo Bueno Vargas