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Celebración del Curso No.45 de Oficiales

Hace 40 años, el 16 de enero de 1967, en la pista de la Base Aérea de El Guabito, Cali, aterrizaba un DC-4 con un grupo de jóvenes ansiosos por iniciar una carrera que colmara sus ilusiones y proyectos. En esa época, la Fuerza Aérea Colombiana iniciaba un experimento al incorporar estudiantes que hubiesen aprobado cuarto grado de bachillerato, quienes acogimos el reto, pensábamos que ese era el momento y no debíamos dejar escapar de nuestras manos la gran oportunidad. De esta manera, se dio inicio a un nuevo Curso de Oficiales en la historia de la Fuerza Aérea, al cual le correspondió el número 45 y graduó como bachilleres a 46 jóvenes. El sueño de volar se hacía realidad con nuestro primer viaje de Bogotá a Cali, para muchos fue una experiencia novedosa ir a bordo de un aparato que apenas conocíamos en fotografías y películas. ¡Cuántas cosas dejamos atrás al escoger la carrera del aire pero cuántas también nos deparaba el futuro!

Nos enfrentamos a un mundo diferente y en ocasiones inhóspito, el régimen de vida cambió radicalmente por la disciplina y trato que recibíamos, ante la adversidad era mayor la vocación que alimentaba nuestra voluntad.

Cuando éramos reclutas pasábamos las noches pensando más en la palanca y los pedales del avión que en nuestras familias. Emulábamos al Barón Rojo mientras hacíamos acrobacias bajo el toldillo del camarote, aún nos faltaban cinco años para aspirar a pilotear un avión. Nuestras vidas transcurrían entre las académicas, el orden cerrado, el entrenamiento físico, los deportes, y los alternos como los coros, los bandurrios, y la comisión de lavado, entre otros.

Compartimos gratos momentos con personas inolvidables como el Alférez Efraín Arturo Téllez Contreras, quien ofrendó su vida cuando era el Comandante de mi Escuadra y yo el Cadete que le tenía vara; Cuasimal Pascomal, el gourmet, quien preparaba nuestras exquisiteces gastronómicas; el profesor Caucalí con sus clases de música y los traguitos para afinar la voz; la negra Luisa Moncayo; el profesor Andrés Swchabols con su pedana y el “eléctrico aparato”; Honorato Paredes, José Helí Rodríguez y Alfredo Cabezas, en las Órdenes del Día de los viernes; Pecho de lata; Pachito Cerero, el auténtico Oficial FAC; los pilotos chorristas con el gorro a lo no me joda; los Cadetes pajiados; los pastusos controlados por Pedrotino; el Ronco; el Calvo Martínez; el Loco Tehelen; las T-41, y Janeth.

Recordamos lugares especiales como los conos, el laboratorio, el polígono, el “Club Rebotar-ac”, el calabozo el séptimo cielo, la casa del viajero, y las órdenes “Vista al frent, vuelta al bar” con el chiquito Giraldo; las perradas, la vaselina, las clavadas de mula, los saltarines, las pulgas, y el arroz amarillo.

En 1968, ingresó otro grupo de estudiantes, para los del Curso 45 fue la segunda reclutada. En 1969, fuimos la primera promoción de bachilleres de la Fuerza Aérea, ese año ingresaron 151 alumnos para cursar sexto de bachillerato, esa fue nuestra tercera reclutada.

Aquí nos dividieron en ingenieros “los nerdos” y economistas, así continuamos tres años de intensa actividad pues ya teníamos el grado de Alférez. El último año comenzamos las actividades de vuelo. En ese trayecto, los cursos se redujeron por bajas, eliminaciones, retiros forzosos y forzados. El “vuelo solo” con su bautizo de aceite y tabla, los arrepentimientos en la cabecera de la pista de el Patico, las lámparas maravillosas de Jorge Suárez, los vuelos en formación de Danilo con su ala Jorge antes del periodo, las peleas entre el Teniente Velasco y Santamaría por sus Alumnos, los chequelines de Gil dando scores “mí Alférez va 3 a 0 a favor de abastecimientos”, y Ordóñez, las barrenas teóricas del Mayor Mejía y por fi n… ¡El grado!

El 8 de diciembre de 1971, se inició oficialmente la carrera profesional del Curso No. 45. El señor Presidente Misael Pastrana Borrero impuso la estrella y las alas a 27 Pilotos, 6 Técnicos en Administración, 4 Técnicos en Mantenimiento, y 3 de Infantería. Seis meses después, se graduaron 3 y un año más tarde, 2 con el Curso No. 46 (Rodríguez y Bravo). En 1975 y 1976, ingresaron tres Oficiales del Ejército Nacional. En 1985, efectuamos el Curso de Ascenso a Capitán y entre 1988 y 1989, el Curso de Estado Mayor.

El destino de los integrantes del Curso No. 45 continuó su rumbo con los designios del Todopoderoso, quien en su sabio obrar nos proporcionó hogares, familias y otras ocupaciones, nos volvimos esposos, padres y abuelos. Sin embargo, la vida de algunos se truncó tempranamente, como le sucedió al Chino Esguerra, el primer sacrificado en las alas de la gloria, quien vivió “grandes aventuras” que nos narraba con lujo de detalles. Luego, Palito Mosquera, Benavides, el Chico Gil, el Gamín Pérez, Jaime Rueda, Tatrila, Bernardo Ramírez, e Infi del Parra a quien escuché en sus últimos momentos.

En ámbitos diferentes al vuelo también entregaron sus vidas Abel Merchán, Héctor Fabio Palacios, Jorge Enrique Rodríguez, y Ramoncito Sánchez. A ellos, un homenaje de admiración y aprecio pues nos proporcionaron en su existencia gratos momentos y aunque no todos figuren en la placa que hoy develamos, su recuerdo perdura en el espíritu que es el que trasciende. Hoy, más que nunca, quiero recordar desde lo más profundo de mi alma y mi corazón, los nombres y apellidos de sinceros amigos y compañeros, que hicieron parte de las páginas del libro del Curso No. 45 de Oficiales. La amistad es el encuentro del alma, que va más allá de un momento grato, es sentir lo que aflige al otro, no tiene tiempo, edad, color, sexo, ni barrera. La esencia de la amistad es el apoyo.

incondicional, pase lo que pase, aceptando los defectos y resaltando las virtudes de cada ser humano. Las verdaderas amistades perduran cuando están cimentadas en el interés mutuo por seguir las enseñanzas del Señor que nos dio la vida y nos reunió para un fi n específico. Debemos dar gracias a Dios porque nos permitió conocernos y compartir parte de nuestras vidas e historias. Hacer amigos es una gracia, tener un amigo es un don, y conservarlo es
una virtud.

Nuestra gratitud a quienes dejaron una huella imborrable en nuestra formación y de quienes heredamos parte de lo que somos. ¿Qué tal comandar un Mirage M-5 o el control y presupuesto de una Base Aérea, sin las Matemáticas de Benítez y la facilidad de explicarlas del “Maso Prado”, las derivadas e integrales de Montejo, Pérez y Álvarez, la Química de Iglesias, las enseñanzas de Giraldo, Rojas, y Mejía? ¡Qué hubiésemos hecho sin las instrucciones de Borrero y Robles, los Técnicos que nos enseñaron la anatomía de las aeronaves! Cuán saludables los gritos de nuestro Mayor Rendón que con su característica voz nos llamaba al orden. Qué hubiésemos hecho sin la acogida de la Negra Luisa, mujer de estirpe va lluna y corazón inmenso que con cariño nos recibía en su casa, nos lavaba la ropa y era confidente de nuestros infortunios, y sin las esclavas de piloto elaboradas en plata por el señor León Barros que aún llevamos con orgullo en nuestras muñecas para distinguirnos del común de los cristianos.

Estos cuarenta años de vida militar siguen arraigados en nuestras vidas. Algunos alcanzamos la estrella y otros el sol como decíamos cuando nos íbamos a graduar. Otros quedaron a mitad del camino, tomaron otros rumbos que dividieron nuestros destinos, el balance sólo lo evalúa Dios para quien no es más el que tiene sino el que es.

Hoy tenemos más arrugas, cabellos plateados o ausencia de ellos, cuerpos encorvados y las chocheras propias de la tercera edad. Creo que Llavecita no me podrá corretear por encima de los pupitres por las caricaturas que le hacia con los espermatosaurios pues el reuma y la carencia de arrechocitos ya no lo dejan. Algunos ya tienen otitis testicular pues oyen pero se hacen los huevones.

Encontrarnos en la Escuela Militar de Aviación, cuatro décadas después de nuestro ingreso fue un reto que se propuso mi General Jair Perdomo Alvarado, algo que sólo se había logrado en mis caricaturas, a él nuestro reconocimiento. Doy gracias a Dios y a la Virgen Santísima por habernos permitido llegar a nuestra Alma Máter, ojalá el destino nos lleve
por el camino de la salvación a la vida eterna.

Por: Coronel Álvaro Montes Gutiérrez