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El Parque Nacional los Katíos

Llevaba una temporada larga de montañas y ya era hora de volver a la selva. José Eustasio Rivera, en La Vorágine, así la llama: “Esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina”. Luis Alfonso Cano, de Parques Nacionales, nos preparó el viaje. Carlos Porras, funcionario de Parques y excelente fotógrafo, nos acompañaría. Tomamos el Embraer de SATENA en Bogotá. Sobre el Valle del Magdalena gozamos del espectáculo del Parque de los Nevados con sus volcanes de cabeza blanca. En Medellín la escala apenas dura 10 minutos. El viaje continúa ahora sobre el Valle del Bajo Cauca hasta que aparece el tapiz casi ilímite, verde y uniforme de las bananeras. En Apartadó nos espera Jorge Díaz, Jefe del Parque Katíos.
Este excelente funcionario viene, como el espía de la célebre película, del “Frío”. Antes trabajó en Parques Nacionales de Páramos: Virolín, Munchique e Iguaque. Seguimos por tierra a Turbo y allí tomamos la lancha. Cristóbal Robledo el hábil motorista, esquiva las olas del Golfo de Urabá, que estaba encabritado. Así entramos por una de las 18 bocas del Atrato. Este río, relativamente hablando, es el más caudaloso del planeta. Arroja al día 140 millones de metros cúbicos de agua dulce al mar. Llegamos al sitio denominado Bocas del Atrato. Allí, gracias a la gestión de Jorge Díaz, la comunidad negra, muy hermosa, se prepara para el turismo. El almuerzo que nos sirven, con pescado del río, es delicioso. Luego nos adentramos en la Ciénaga de Tumaradó, uno de los tesoros del Parque Katíos. La gran Ciénaga está formada por cuatro, unidas entre sí: La Primera, la Chiquita, la Reina, que es la mayor y la última. El paisaje de las márgenes, la soledad, las aves, el silencio, la vegetación circundante, hacen de este sitio un destino ecoturístico memorable. 


Continuamos el viaje, esta vez por el gran Atrato, no ya por una de sus bocas, y llegamos a Sautatá, que es el puerto de entrada a las instalaciones del Parque. Antigua hacienda azucarera, el parque y su conjunto de selvas, montañas, ciénagas y ríos es hoy uno de los tesoros de Colombia y del mundo. Ha sido declarado por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad. Su importancia para la ciencia y la humanidad misma es enorme. Esta región del Darién, cuyo núcleo central es el Parque Nacional Natural Katíos, fue paso en ambas direcciones de flora, fauna y seres humanos.

A lo largo de mi vida andariega por Colombia, he encontrado en los funcionarios de los Parques Nacionales a colombianos que se sacrifican por el país en esas soberbias soledades en las que las comodidades muchas veces son mínimas, alejados de sus familias. Aquí nos acompa ñaron en los recorridos por la selva Marco Abadía, Helmer Torres, y Rogelio Izquierdo, indígena Cuna o Tule. Nuestro primer recorrido fue a la cascada de Tilupo, el tesoro del Parque. Katíos es paraíso de fauna. Fueron casi cuatro horas por un caminito de selva. William Brand, ecólogo de zonas costeras, nos señalaba y explicaba las huellas de todos los animales: jaguares de huella inmensa, ocelotes, tigrillos, gatopardos, mapaches, guaguas, ñeques, venados, tatabros, saínos y la enorme de las dantas. Vimos, además, pavones, perdices, tinamúes, águilas y micos. Un recorrido de orgasmo cósmico, como llamo yo a la tremenda emoción de los espacios salvajes e incontaminados del planeta.


La aparición de la cascada, en un gigantesco hueco en medio del verdor de la selva, es una epifanía. Carlos Andrés Torres, mi compañero de viaje, no cesaba de hacerle fotos. La cascada mide 106 metros. Allí permanecimos dos horas gozando del embrujo. Al día siguiente, inmersos de nuevo bajo el denso verdor del bosque, nos hundimos en los caminitos que llevan a otras cascadas: Tendal, Tendalito y La Tigra.

Cerca de las antiguas instalaciones del Parque, han habilitado un mirador sobre una colina. Desde allí, especialmente en las tardes, cuando el sol no está de frente y una tibia y dulce melancolía parece espaciarse sobre el dosel del bosque, se goza de momentos de paz profunda. Abajo, en la base de la colina se ven los bosques, a los que siguen las zonas inundadas y la enorme serpiente brillante del río Atrato que parece cerrar la cremallera en la mitad del paisaje. De vez en cuando parejas de guacamayas pasan bajo nosotros, con su vuelo torpe y lento. Las guacamayas son monógamas, ¡toda la vida!


Con nosotros visitan el Parque: Darío Avendaño, Susana Vélez y Johanatá Bolívar, biólogos y forestales, contratistas de Corurabá. Queríamos navegar el río Cacarica, que marca el límite Sur del Parque Katíos. Retomamos, pues, el Atrato hasta llegar al poblado ribereño de Puente América.
Aquí abandonamos el gran río y nos metimos por el Cacarica. Mucho rato debió Cristóbal luchar con la vegetación que había invadido el estrecho cauce del Cacarica. En las márgenes veíamos de vez en cuando las Chavarrías, enormes pájaros, tan grandes como pavos, que desde los árboles vigilan el río. Son aves típicas del Bajo Atrato. Así llegamos a la cabaña de Bijao. El funcionario Omar Antonio Roldán nos acogió amablemente durante nuestra estadía de día y medio. En el límite, pero fuera del Parque, se encuentra una comunidad negra, sufrida, alegre y hospitalaria, cuya líder, doña María, es un ejemplo de mujer valiente que no dudó en oponerse a los violentos que en otra época se asomaron por estos pagos. Nuestra estadía en el Parque Katios se completó al visitar su zona de amortiguación, en la que se asienta la comunidad Cuna o Tule de Arquía, lugar que ellos llaman “el ombligo del universo”. Yo visité este poblado hace 30 años y conocí al cacique Josesito Andrade, al que ahora encontramos en Unguía, cabecera municipal de esta región. Ungía es la tierra de dos reinas de belleza, Venessa Mendoza, reina nacional de hace dos años, y de la actual virreina, Karina Guerra, que nació en Gilgal, corregimiento de Unguía. Las mujeres morenas de esta región detienen la respiración y aceleran el pulso. Son realmente hermosas.


No todo el Parque Katíos está abierto al público. Pero la visita al Golfo de Urabá, las Bocas del Atrato, las Ciénagas de Tumaradó, el río Cacarica, Arquía y Unguía justifican con elevadísimas creces un viaje a este mítico rincón del noroeste colombiano, por donde comenzó la que hoy llamamos civilización. En efecto, a dos horas de Unguía existió Santa María La Antigua del Darién, primera ciudad fundada en tierra firme por los españoles, luego de las muy efímera existencia del poblado de San Sebastián de Urabá.

El moderno Embraer de SATENA nos trajo de nuevo a Bogotá, con una carga enorme de fotografías de uno de los Patrimonios de la Humanidad, que tenemos la suerte de poseer …y con una carga todavía mayor de emociones y recuerdos.

Andrés Hurtado García