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La Selva Amazónica: Telúrica emosión cósmica

Atrás quedaba la selva de cemento y de ruido y de polución y de nimias preocupaciones cuando no de angustiosas pesadillas. Y es precisamente uno de los símbolos más connotados de ese progreso arrollador, el avión, el que nos saca, nos libera, nos redime momentáneamente del “progreso alienante” para hundirnos en el mundo salvaje, salvaje y puro, salvaje y bello, salvaje y redentor, de la manigua. El moderno y esbelto Embraer de SATENA es el artífice del prodigio. La empresa se enorgullece con la flotilla aérea más moderna de Colombia. Lástima, dicen todos, que sólo permita15 kilos de equipaje a sus pasajeros.

No es la primera vez que viajo a la selva. Cuando digo que perdí la cuenta de mis amores profundos con la selva, “in situ”, no estoy haciendo metáforas numéricas. Estoy contando la realidad. Ahora era, una vez más. Una ilusionada vez más. Y espero que muchas veces más antes de aquello, aquello para lo cual nacimos, para la muerte, me permita más regresos a “la esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina”, como llamaba José Eustasio
Rivera, a la selva.

Voy mirando y contando desde el aire los grandes ríos, y los pequeños. A todos los distingo y todos los he navegado. Ariari, Guaviare, Inírida, Vaupés, Apaporis, Miritiparaná, Caquetá, Putumayo y por fin, el padre de todos, el Ama zonas.En el aeropuerto de Leticia nos esperan viejos y queridos amigos, Paulino Acosta, el ex Gobernador, y Gloria Revelo, Ge rente del Banco de la República. Leticia ha cambiado mucho, desde mis primeros viajes; ahora es una ciudad moderna con todas las comodidades y excelentes hoteles. En aquellos tiempos nos alojábamos en el Parador Ticuna, de Mike Tsalikis, empresario griego norteamericano, más colombiano que millones de colombianos, a quien todos recuerdan y recordamos por su aporte al desarrollo de la región. En su avioneta volé muchas veces, admirando y gozando desde muy bajo el dosel de la selva. La pilotaba su hermano Jorge, quien se mató en un accidente aéreo precisamente en la misma avioneta. Al amanecer, que allá ocurre más temprano que en el interior de Colombia, bajábamos al río al mercado diario.

Los indios desde sus canoas o falcas vendían los productos de la selva entre los que no faltaban micos, papagayos o algún tigrillo. Muchos venían vestidos a la usanza tradicional, con las llanchamas que son tejidos extraídos de la madera. Había una ceremonia que a los colombianos nos conmovía y que los extranjeros respetaban: el desfile diario de los Soldados de la Armada, con banda musical, llevando el tricolor nacional que enarbolaban en un mástil cerca del río. Todo el pueblo se paralizaba al paso del desfile. Este es el recuerdo más vivido y emocionante que tengo de mis primeros viajes al Amazonas. Hoy las cosas han cambiado mucho, el progreso ha llegado con sus inevitables avances, unos magníficos, otros detestables, pero Leticia sigue siendo la puerta de entrada a la gran aventura del río. Y todo viajero que se respete, de Colombia y del mundo, debe visitar, al menos una vez en la vida, como los musulmanes a La Meca, el río Amazonas.

En Leticia se encuentran tres países: Colombia, Brasil y Perú. El viajero, va caminando por una calle y sin darse cuenta ha pasado a Marco y Tabatinga, poblados brasileros fronterizos. Hay una casa binacional en Leticia. Se entra por la puerta delantera que pertenece a Colombia y unos metros más adelante se sale de la casa y se está en Brasil. Perú se encuentra al frente, al otro lado del río, cuya anchura es de tres kilómetros.

Leticia es punto de partida para todas las expediciones por el río o para las aventuras selva adentro, siguiendo una carretera que avanza hacia el Norte, en dirección a Tarapacá. Nosotros, Wilfredo Garzón, John Bejarano y yo, tomamos la ruta del río, remontándolo. Salimos temprano en la voladora que nos había preparado Paulino. El río estaba todavía envuelto en las brumas matinales del verano cuando el poderoso Amazonas parece hervir en vapores y susurros.

En mis primeros viajes a Leticia, desde la ciudad se veía el Perú al otro lado. Ahora la sedimentación que el río arrastra, producida por la deforestación en los Andes lejanos o en sus márgenes, ha formado una isla frente a Leticia, isla que ya tiene 300 metros de longitud y está poblada y tiene sembrados. La sedimentación ha obligado a transportar el puerto de Leticia un kilómetro más abajo. Nuestra voladora avanza rápida recostada del lado colombiano. Por tratados internacionales los ríos fronterizos de Sur América pertenecen por igual a los correspondientes países limítrofes. Es una lástima comprobar hoy que un gran trecho de las márgenes colombianas del río está deforestado y se ha convertido en potreros. A medida que remontamos el río van apareciendo poblados indígenas cuyos habitantes son en su mayoría yaguas y ticunas.

Visitamos rápidamente el poblado de Arara donde compramos artesanías a los indios ticunas. Más arriba nos detuvimos a admirar y fotografiar la Victoria Regia, hoy llamada Victoria Amazónica, el loto más grande del mundo. Crece en las lagunas y en las aguas rebalsadas del gran río. Se dice que puede sostener sobre su inmensa hoja circular un niño o un perro. Llegamos así a los dominios del Parque Nacional Natural Amacayacu, que toma su nombre del río Amacayacu y penetra hasta el interior del Trapecio Amazónico. Aquí nos detenemos para gozar de la primera noche en la selva. El turismo del Parque lo maneja ahora Aviatur, empresa líder del turismo en Colombia y la primera agencia de viajes de nuestro país. Las instalaciones son magníficas y el turista se traslada por largos corredores de madera levantados varios metros sobre el suelo de la selva.

Por la noche permanecimos varias horas sentados frente al gran río oyendo los ruidos que provenían de la selva que se extendía a nuestras espaldas y de los peces que saltaban en el río. Al día siguiente nos dimos a recorrer los caminos de la selva. Nos deteníamos a admirar y fotografiar los hongos de varios colores y tamaños que crecen sobre los árboles caídos. Yo recordaba a José Eustasio Rivera, cuya novela La Vorágine, sé de memoria.

“Y en cada brecha los nuevos gérmenes apresuran sus gestaciones. Tú tienes la adustez de la fuerza cósmica y encarnas un misterio de la Creación. No obstante mi espíritu sólo se aviene con lo inestable desde que soporta el peso de tu perpetuidad y más que a la encina de fornido gajo aprendió a amar a la orquídea lánguida porque es efímera como el hombre y marchitable como la ilusión”. Subimos a los árboles, caminamos sobre el dosel del bosque. Tuvimos la ilusión efímera de ser Tarzanes del Tercer Mundo.

Y continuamos nuestro viaje aguas arriba hasta llegar a Puerto Nariño, bello poblado que se estira en un caño cerca de su desembocadura en el Amazonas. Allí cerca se encuentran los Lagos de Tarapoto, cuyo tesoro son los del fines rosados, que se encuentran únicamente en esta región del Amazonas. Un largo recorrido por los lagos nos permitió verlos saltar. Las leyendas sobre los delfines, o bufeos como también los llaman, son deliciosas y los indígenas las creen a píe juntillas. Como que se enamoran de las muchachas bonitas y salen del río a bailar con ellas en las fiestas.

Saliendo de nuevo al río grande avanzamos hasta donde se termina el Trapecio Amazónico, lugar en el que el río Atacuari desemboca en el Amazonas. Habíamos recorrido los 116 kilómetros que nos corresponden del río y que forman el lado Sur del Trapecio. Remontamos un tramo del Atacuari y montamos la carpa a orillas del río en un claro dela selva. La noche fue mágica: estuvo poblada de millares de cocuyos en la tierra y de miles de estrellas en el cielo.

Regresamos al Parque Amacayacu y pasamos una noche en la balsa flotante que está instalada en el río frente a la desembocadura del Amacayacu. Esta maravillosa Casa Flotante fue escogida por Discovery Travel como una de las cinco maravillas que los viajeros acuáticos no pueden dejar de visitar en América. Y con razón. Está dotada de energía solar, agua caliente, planta eléctrica, teléfono satelital, habitaciones y baños privados, cocina con estufa de gas, amén de otras comodidades. Allí se duerme arrullado por el río y de cara a la selva infinita cuyos ruidos llegan asordinados y cálidos.

Los funcionarios del Parque Amacayacunos colaboraron en todo momento y nos invitaron a adentrarnos en la selva navegando por un caño hasta llegar al poblado indígena de San Martín donde saludé a viejos amigos de la etnia ticuna. Con uno de ellos, hace muchos años, atravesé a pie todo el Trapecio Amazónico en memorable aventura, en la que no faltaron dantas, caimanes y sobre todo un tigre que nos perseguía insistentemente… a cierta distancia. Al día siguiente nos devolvíamos y encontrábamos su huella, impecable y hermosa sobre el piso húmedo de la selva. Una noche rugió cerca de nuestra carpa. Esa noche supimos lo que es el miedo. “El miedo es muy liviano y por eso todos lo llevamos dentro”, me decía en Araracuaraotro viejo amigo mío, que me acompañó en varias travesías por la manigua. El último día pudimos presenciar desde la Casa Flotante un atardecer lento, deliberadamente lento, que invadió todos los ámbitos del cielo. A esa hora todos los animales de la selva parece que se hubieran puesto de acuerdo y comenzaron a chillar, o gritar o lo que fuera, mientras nosotros sobrecogidos por la confluencia de tanto misterio permanecimos callados, anonadados (no encuentro otra palabra mejor para describir este momento) mirando y sintiendo la soberbia fuerza de los elementos y su mágica belleza.

Quisimos permanecer dos días en Leticia, recorriendo sus calles, visitando amigos como Anselmo Revelo, buscando viejos colonos que nos contaran historias de selva, de tigres,
de aventuras en lo profundo de la manigua y comprando artesanías típicas. O bien nos íbamos al muelle a ver la llegada y la partida de las embarcaciones, el embarque y descarga de provisiones. El avión de SATENA partió levantándose sobre el poderoso río en el momento en que una cortina de lluvia formaba un arco iris completo. Lo dicho, y lo que he dicho siempre: la selva amazónica es la firma de Dios sobre el continente americano.

Por: Andrés Hurtado García