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La vida de los pilotos de helicóptero, sangre de héroes

Al amanecer, el ambiente del pueblo era tranquilo, en sus calles los campesinos iniciaban las labores diarias y el sonido de las campanas anunciaban la misa de las seis de la mañana. Don José, quién a sus 80 años, hacía mandados para conseguir el sustento, ese día fue contratado para transportar en su yegua una carga especial. Desde lo alto de una montaña, un cabecilla narcoterrorista de las FARC observaba con binoculares las calles del pueblo, la Alcaldía, las personas que entraban a la iglesia y al viejo que caminaba frente a la Estación de Policía.
Dos hombres que efectuaban el relevo de guardia escucharon unos pasos, giraron sus cabezas y vieron a don José dirigirse hacia ellos. Desde la montaña, el cabecilla tomó el radio y lo alistó para dar la orden de atacar. La yegua, cansada por el exceso de peso, se detuvo unos segundos. Al ver esta escena, el cabecilla dio la orden y la carga que llevaba el animal explotó en mil pedazos. Todo alrededor: don José, los Policías y la Estación, destrozados volaron por el aire. La calle quedó hecha escombros, sumida bajo una nube de polvo y sangre. El cabecilla ordenó entonces iniciar el ataque terrorista. 


Veinte minutos después, a 130 kilómetros de aquel pueblo convertido en un infierno por el ataque de cilindros y ametralladoras, Orión, piloto de helicóptero de la Fuerza Aérea Colombiana, desayuna con su esposa y su pequeño hijo de dos años y medio, quien risueño, juega con las placas que identifican a su padre como militar. La mañana era fresca, auguraba un hermoso y tranquilo día pero una llamada altera el orden de las cosas, Orión recibe instrucciones y de inmediato toma su equipo de vuelo, da un fuerte abrazo a sus dos seres amados y corre hacia la línea de vuelo. Desde la puerta de su casa ubicada en una Base Aérea, su esposa lo ve partir y ruega a Dios para que le permita regresar sano y salvo.

Al igual que varios pilotos, Orión entra a la sala de planeación, recibe el informe de lo ocurrido y su Comandante, que es Líder del Grupo de Combate, explica la misión que se va a adelantar: desembarcar hombres de las Fuerzas Especiales a pocos kilómetros del pueblo para que retomen el control. Distribuye las aeronaves, ordena a Orión comandar el tercer helicóptero dentro de la formación de seis y les recuerda: debemos salvar a esos colombianos por que es lo que ellos esperan de nosotros. 


En la plataforma de vuelo, los Técnicos, Suboficiales con especialidad de mantenimiento y armamento aéreo, esperan con las aeronaves listas para la batalla. Al llegar, Orión les informa las instrucciones recibidas. Toman sus posiciones de combate, ajustan sus arneses y organizan los chalecos blindados y cas cos de vuelo. Orión besa la foto de su esposa y ordena a su copiloto iniciar los motores. Los rotores de las seis aeronaves empiezan a girar sincronizadamente. Las tripulaciones parecen estar serenas, transmiten instrucciones de rutina por la frecuencia de radio, manipulan los controles de vuelo y desplazan sus naves hacia la pista. “mil uno, mil dos, mil tres, Escuadrón Aurora despegando”, informa el líder al Centro de Comando y Control mientras los helicópteros se elevan en el aire y aceleran su formación táctica hacia la guerra, allí donde sólo vuelan los valientes.

Orión va en la tercera posición muy cerca del segundo helicóptero. Los dos últimos son artillados y su misión es protegerlos. Las seis aeronaves abren camino sobre una región montañosa y selvática. Abordo llevan a los Soldados colombianos, cargados de armamento y munición. Sus rostros mimetizados por pintura negra y verde no alcanzan a esconder el sentimiento que revelan sus ojos. Abstraídos miran hacia la tierra, perdidos en sus recuerdos, en los hijos que no vieron nacer y en las mujeres que no pudieron amar. Al volver en sí, ven a los pilotos y técnicos de vuelo concentrados en sus deberes, preparándose al igual que ellos para desembarcar en un lugar hostil, que huele a pólvora y sangre, con sonidos de ametralladoras, gritos silenciosos y minas “quiebra patas”, donde la sangre se calienta, la adrenalina sube y absolutamente todo, hasta el tiempo se acelera.


A cinco minutos del objetivo, el líder informa a todos el código pactado –“Diana, Diana, Diana”–, desde su cabina Orión ve al líder ejecutar un fuerte descenso y emprende detrás de él. En caída libre, hacia las profundidades crudas de la selva, los Soldados aprietan los dientes, empuñan sus armas y se persignan. El momento de la verdad se acerca y las seis aeronaves vuelan a baja altura. Los pilotos fundidos con sus helicópteros acarician la piel virgen y peligrosa de la jungla. Bajo el visor, sus ojos puestos sobre el horizonte advierten la cercanía del peligro. Maniobran ferozmente y los sonidos indómitos, salvajes, callan al paso de sus turbinas y rotores girando.

“Saquen ametralladoras” dice Orión a los tripulantes. Uno de los helicópteros artillados asegura el sitio de aterrizaje, lanza cohetes y dispara justo lo necesario. A pocos kilómetros para llegar, cientos de terroristas escondidos bajo la tierra, “hombres pasto”, salen disparando contra las aeronaves y forman una cortina de fuego. Los helicópteros tratan de evadir el cerco pero son “levantados a plomo”. Múltiples impactos golpean las latas y las palas, “Artillado, Artillado, fuego a las nueve,” dice el líder al ver que un impacto de bala rompe los equipos de radio y golpea los parales de su puerta. Su tripulante izquierdo defiende la aeronave con su ametralladora, oprime el gatillo, sus ojos impávidos se clavan sobre aquel hombre que saturado de odio e ignorancia le está disparando. Virtudes heróicas corren por sus venas mientras los proyectiles van y vienen por todos los flancos.
El Escuadrón logra sobrepasar el ataque y aterriza en el área escogida. Orión ve al líder y al dos desembarcar los hombres de las Fuerzas Especiales. Con furia empuñan sus armas, la adrenalina corre por sus venas y sólo sienten los impactos de las balas cuando pierden el oxígeno porque sus pulmones han sido atravesados. Los Soldados caen en combate, sus gritos de guerra proclaman libertad, sus ojos anhelan paz y sus almas, moribundas, tiñen de rojo la tierra. Los helicópteros artillados lanzan ataques contra todos los flancos para proteger a los hombres y las aeronaves. El tiempo se acelera. “¡Líder listo para despegar!” dice al cerrar las puertas de carga; “listo el dos, listo el tres, cuatro no responde. ¿Cuatro está listo?” pregunta líder, “cuatro, cuatro, está listo, ¿qué pasa con el cuatro?” “¡Derribaron al cuatro, salga líder rápido de allí!” responde uno de los artillados. Las naves se elevan en el aire e inclinan sus narices hacia adelante para buscar velocidad. “Aurora en el aire” dice el líder, mientras busca la salida segura.


El paisaje se convirtió en un sangriento campo de batalla, la presa y la bestia se baten entre la vida y la muerte. Las ametralladoras escupen fuego sin cesar y las tripulaciones resisten bajo sus blindajes el golpetear de miles de balas. Los helicópteros cruzan rápidamente sobre los árboles mientras pedazos de lata que flotan en medio de un humo negro indican el campo santo, donde había caído el cuarto helicóptero con sus hombres abordo. Orión ve cómo el líder y el dos maniobran, con fuerza, viran sus aeronaves hacia la izquierda y luego hacia la derecha, tratan de sortear otra cortina del enemigo, él busca hacer lo mismo pero los impactos lo alcanzan. El tripulante derecho toma su ametralladora, una bala golpea en su blindaje y lo envía al fondo de la cabina. El copiloto, quien vuela la aeronave con Orión, siente un fuerte dolor en su pierna izquierda y algunas partículas que le caen en la cara. Piensa que son efectos sicológicos y trata de continuar en vuelo pero un dolor infernal se apodera de él, baja la mano para verificar y nota su guante impregnado de sangre. La bala pulverizó el hueso. Su sangre empieza a regarse por la cabina mientras Orión maniobra la aeronave a máxima velocidad. El líder ordena “saltar”, es decir, ascender rápidamente a una mayor altura. Durante el ascenso, el copiloto informa a Orión que lo han herido, se amarra su bufanda de vuelo a la pierna para no perder más sangre y pide gasas del equipo de supervivencia para aprisionar la herida. Dice a Orión que se encuentra estable y ayuda con la navegación para regresar pronto a casa. 


El artillado sobrevuela los restos del helicóptero derribado. Entre árboles y maleza observa que algunos cuerpos tratan de salir de la aeronave y pide al líder que regrese para tratar de salvarlos. Cruelmente, cientos de terroristas salen de la tierra y empiezan a rematar uno por uno a los sobrevivientes.
El dos toma el liderazgo del maltratado Escuadrón. El copiloto de Orión ha logrado trancar la sangre y su tripulante derecho también se sobrepone al impacto. El silencio en las cabinas es pesado, el miedo aún no ha llegado pero sí, una gran incertidumbre. Esta vez la muerte, se ha acercado demasiado y su hoz se ha llevado varias almas, herido a un tripulante y averiado a todas las aeronaves. La misión se había cumplido, sin embargo era necesario volver al campo de batalla para reforzar a las Fuerzas Especiales ya que estaban reducidas en hombres. El nuevo líder pide una ambulancia para el herido y un equipo de mantenimiento para arreglar prontamente las aeronaves. 

Al llegar a la Base Aérea, la ambulancia sale con el herido hacia el hospital, los técnicos de vuelo amunicionan las armas mientras otros reparan los daños de los helicópteros, el sacerdote se prepara para dar la dura noticia a las familias, las mujeres se preguntan por sus seres queridos y los niños inocentes juegan mientras esperan a sus padres, que ahora están muertos.

Esta crónica, que es la suma de varias historias reales, refleja el diario vivir de las tripulaciones de helicóptero de la Fuerza Aérea Colombiana. Historias escritas con sangre de héroes desde la primera fase de la guerra de guerrillas en los años 50, cuando se efectuaron evacuaciones de Soldados heridos con los legendarios OH-13, hasta la actualidad en donde los UH-60 escoltados por los modernos Arpías III participan en operaciones conjuntas con el Ejército, la Armada y la Policía. Durante la última mitad del siglo, la guerra se ha encrudecido y las misiones de guerra se han vuelto más complejas y de mayor riesgo. Las tripulaciones han tenido que adaptarse a nuevas formas de combate y a nuevas tecnologías. Estos hombres, de carne y hueso, han sido protagonistas desde el inicio del actual conflicto colombiano, sobre sus victorias se han construido mitos que los muestran como verdaderos héroes de guerra. Miles de historias que aún se relatan en los casinos de las Bases Aéreas transmiten a las nuevas generaciones la doctrina obtenida en esas misiones casi imposibles donde se batieron entre la vida y la muerte. El libro “Héroes por la Paz”, escrito por el Comando Aéreo de Combate No.4, Melgar, compila estas crónicas que son una manera de aplaudir la labor de las tripulaciones de helicóptero que han muerto en combate por la honra y gloria de la Fuerza Aérea Colombiana. Estas son algunas razones que nos obligan a saludar con respeto el muro de los caídos en acción, porque la sangre de estos héroes se regó con el fin de cosechar el fruto que hoy ostentamos con honor: ser piloto de helicóptero.

Por Capitán Ricardo Andrés Torres Suárez