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San Andrés y Providencia, el Archipielago de las dos Baladas

En mi colección de libros de montañas, alpinismo, aventuras y viajes hay uno que conseguí porque el título me impactó a primera vista, y no me decepcionó: “Escogimos las islas”. Dónde, cuándo y cómo habré dicho mil veces que siendo yo hombre de tierra firme, más específicamente de montaña, llevo, sin embargo, enredado en algún repliegue del alma a un hombre de mar, que no soy, pero que quise ser y que ensayo ser. El mar me atrae por su misterio, su inmensidad, sus abismos insondables; el mar me atrae porque los hombres de mar, rudos y untados de sal, tienen un halo de épicas luchas, alegrías y sufrimientos.
Para los colombianos el archipiélago, las islas por excelencia como si no hubiera otras, son San Andrés, Providencia y sus cayos. SATENA, “la línea aérea que integra a Colombia”, como dice el texto de su logotipo, pone ahora, en lujosos y esbeltos aviones, a las islas al alcance de los colombianos. El Embraer vuela todos los días a San Andrés. Una hora y cincuenta minutos gasta el aparato en alucinado vuelo saliendo de la Sabana de Bogotá y ofreciendo al viajero los paisajes de la Cordillera Occidental, la selva del Bajo Atrato y el Mar Caribe.


San Andrés representa la alegría bulliciosa, las fiestas y las reuniones con los amigos, el deleite de las playas y de los deportes de mar. Y su vecina, Providencia, representa la otra cara del turismo: la paz, la tranquilidad, la silenciosa contemplación. San Andrés es para unos, Providencia es para otros, y ambas para quienes combinan las dos concepciones del turismo. Seis veces al día, SEARCA, una empresa de Medellín que presta sus servicios a SATENA, enlaza a San Andrés con Providencia.


Si San Andrés fue paraíso para muchos colombianos, ahora lo es con mayor razón. Ya no es el lugar para comprar electrodomésticos. Pero ahora la ciudad y la isla presentan un aspecto maravilloso con las obras que se han adelantado y se siguen realizando. 

Pensando en lo que San Andrés ha representando y representa para millones de colombianos, recuerdo, -y no sé exactamente por qué-, el epitafio que para su tumba escribió el poeta Rainier María Rilke: “Oh Rosa, pura contradicción de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados” y transcribirlo para San Andrés, que fue y sigue siendo el sueño de millones de colombianos bajo “tantos párpados”.


San Andrés no es sólo sus maravillosas playas y sus paseos en lancha a los islotes vecinos y la vuelta total a la isla, San Andrés es la lenta y amorosa contemplación de las casas viejas, con su típica arquitectura y sus colores vivos.

San Andrés es la contemplación de la isla desde la cumbre de una de sus iglesias ancestrales, de religión protestante. San Andrés es la conversación reposada con los nativos de la isla, oyendo sus historias, sus tristezas, sus alegrías. San Andrés es el goce del inglés tradicional y sus giros y vocabulario. San Andrés es el disfrute del gran mundo de sus hoteles, restaurantes y cafeterías. San Andrés es entregarse al deleite de la música raizal, llena de dulce melancolía y belleza. De San Andrés no se regresa ahora con un televisor y agradeciendo el cupo que otro viajero le regaló… 


...Se regresa con algo, con muchísimo más, con la alegría de haber vivido y amado la isla por excelencia de nuestra tierra. Y Providencia… es la otra cara de la moneda. Providencia es para gozarla en silencio, para navegarla con el alma abierta a las emociones del exótico paisaje. Yo me levantaba temprano para ganarle al sol y para alargar mi día. No, no es posible ir a levantarse a las 10 de la mañana. Subí varias veces al pico más alto y allí, sentado, olvidaba el paso del tiempo mirando ese mar escandalosamente azul y los barquitos que trazan caminos que rápidamente se borran.

Viví desde allí atardeceres tintos en rojos, morados, lilas, amarillos, naranjas, verdes, azules y negros. Miraba nubes que formaban perros, monstruos, figuras mitológicas, con paletadas de colores violentos. Y en la paz de la noche incipiente cargada de olores de monte, bajaba de la montaña. Caminando por las calles rumbo a mi hotel, me decía con Henry David Thoreau: “Creció mi vida en esas horas como crece el maíz por la noche”.

Hay una época del año memorable para los residentes y sobre todo para los turistas. Los cangrejos salen de todas partes y van para todas partes, invadiendo valles, plazas, bosques y residencias. Cangrejos en sus ritos cangrejales, que acuden al llamado del instinto y de la vida.


Otras tardes pasaba el Puente de los Enamorados y me iba caminando despacio hasta el extremo de la islita para mirar las olas estrellarse contra las rocas, recibir el viento en la cara y contemplar la roca denominada Cabeza de Morgan e imaginar a los piratas ejerciendo sus piraterías en esta aguas del Caribe y preguntarme si todos tenían un parche en el ojo, bebían ron y llevaban un loro parlanchín en el hombro. A veces cuando se desgajan los aguaceros sobre la isla aparece en el cielo el arco iris con todos sus colores netamente definidos y con la curvatura total apoyada sobre columnas invisibles en el mar.


Con el servicio aéreo es posible viajar temprano desde San Andrés a Providencia y regresar por la tarde. En fin, que visitar nuestro archipiélago insignia, es entonarle a la vida las dos baladas, la de “la loca alegría” en San Andrés y “los sonidos del silencio” en Providencia. Y todo gracias a SATENA.

Por Andrés Hurtado García