Cuando se dio a conocer el programa de becas ‘Ser pilo paga’ –que brindó a 10.000 jóvenes colombianos la oportunidad de estudiar en las universidades más prestigiosas del país–, ciertos comentaristas vaticinaron un ahondamiento de las desigualdades; otros, pesimistas, interpretaron el nombre de la subvención como una frase condescendiente y clasista, y algunos especialistas –de aquellos que piensan que reformar es simplemente aplazar el verdadero cambio– lo vieron como una amenaza para el fortalecimiento de la educación pública.

